El cuidado no es un gesto, es una ética. 

Cuidar para Transformar‑T es un espacio para quienes cuidan.  Una mirada ética, humana y sistémica sobre el cuidado, el autocuidado y los vínculos que sostienen la vida colectiva. 

 Este blog nace para abrir un espacio donde pensar, sentir y ejercitar el cuidado y el autocuidado desde una mirada sistémica, relacional y comunitaria. Un lugar para quienes trabajan en lo psicosocial, lo educativo, lo sanitario y lo comunitario; para quienes sostienen a otros y, a menudo, quedan sin sostén.    Aquí pensamos, sentimos y practicamos el cuidado como fuerza transformadora. Porque cuidar también requiere ser cuidado. 

Porque ninguna intervención ocurre en el vacío. Vivimos y trabajamos dentro de contextos que nos atraviesan: el macro‑contexto político, económico y social que define los límites de lo posible, y el micro‑contexto de instituciones, equipos, personas ayudadas y redes comunitarias donde se tejen —o se desgastan— los vínculos cotidianos. Las instituciones pueden sostener, ordenar y contener, pero también pueden herir, abandonar o fragmentar. Joan Tronto lo resume con una claridad que duele: “una sociedad que no cuida es una sociedad que abandona”. Ese abandono no siempre es explícito: a veces se esconde en la prisa, en la falta de escucha, en la sobrecarga, en la soledad de los equipos. 

En un mundo donde los vínculos se debilitan y los valores compartidos parecen desvanecerse, el cuidado se convierte en un acto político que protege la convivencia. Vivimos tiempos en los que el individualismo se presenta como virtud, donde cada cual parece invitado a salvarse solo, y donde resurgen discursos autoritarios que prometen orden a costa de la dignidad. En ese paisaje incierto, cuidar es una forma de resistencia: es apostar por lo común cuando lo común se fragmenta, es sostener la dignidad cuando la prisa la erosiona, es defender la escucha cuando el ruido lo invade todo. Allí donde alguien cuida sin imponer, sin dominar, sin humillar, nace un pequeño territorio democrático. 

La ética del cuidado, desarrollada, entre otros, por Carol Gilligan y Joan Tronto, nos recuerda que cuidar no es un acto privado, sino una responsabilidad colectiva. Gilligan afirma que “el cuidado reconoce la vulnerabilidad y la interdependencia humana”, y esa frase es una brújula en tiempos de individualismo feroz. En un mundo acelerado, Byung‑Chul Han advierte que “el sujeto del rendimiento se explota a sí mismo creyendo que se realiza”. Por eso, hablar de autocuidado no es hablar de bienestar superficial, sino de resistencia ética. De dignidad. De límites. De no entregarse a la lógica del sacrificio infinito que tanto daño hace en las profesiones de ayuda. 

Mi práctica —clínica, psicosocial, socioeducativa y comunitaria— se sostiene en el vínculo. En toda relación de ayuda hay una danza emocional: el profesional siente, se afecta, se conmueve. La cuestión no es evitarlo, sino transformarlo en sostén sin desbordarse. La emoción es brújula, no amenaza. Es señal, no obstáculo. Es parte del camino. Muchas personas llegan con vínculos rotos, violentos o ausentes. El vínculo profesional —individual, grupal o comunitario— puede ser el primer lugar donde alguien descubre que merece ser tratado con respeto, que su palabra importa, que su ritmo es válido. No sustituye, pero repara. No reemplaza, pero habilita. No salva, pero acompaña. 

La autenticidad también es parte de esta ética. No es desbordarse, sino mostrarse sin máscaras. Cuando el profesional es genuino, el otro puede decir: “Aquí no tengo que fingir. Aquí puedo ser”. La autenticidad abre camino a la verdad compartida. A veces basta un gesto, una pausa, un silencio que abraza sin pedir permiso. Cada proceso tiene su ritmo. Algunos vínculos se tejen rápido; otros requieren paciencia, espera, respiración. Acompañar es no forzar ni abandonar. Es caminar al lado, no delante. Es sostener sin capturar. Es ofrecer presencia sin invadir. 

En lo grupal, el vínculo se multiplica. En lo comunitario, se politiza. El grupo no es suma de partes: es un cuerpo vivo que respira en lo común. Una trama donde cada historia encuentra eco y cada gesto construye mundo. El trabajo comunitario reconoce el saber popular, la dignidad de lo cotidiano, la potencia de lo colectivo. Allí donde la vida se organiza, allí donde la comunidad resiste, allí donde la gente se cuida entre sí, nace una forma de salud que no cabe en los diagnósticos. 

El modo en que nos vinculamos revela nuestra ética: cómo entendemos el poder, la autonomía, la dignidad y la diferencia. El vínculo es siempre un acto político. Una declaración silenciosa de cómo queremos habitar el mundo. Por eso, el desgaste profesional no es un fallo individual, sino un fenómeno sistémico. El autocuidado ocurre en tres niveles: el personal, donde registramos malestares, ponemos límites, nos vaciamos entre pares y protegemos nuestra vida íntima; el de equipo, donde creamos espacios de descompresión, liderazgos democráticos, supervisión protectora y rituales de cuidado; y el organizacional, donde se planifica con claridad, se garantiza formación continua y se construye una cultura que no abandona. Como señala Jorge Barudy, una institución que no cuida a sus profesionales ejerce una doble violencia: sobre ellos y sobre las personas que atienden. 

Cuidar es corresponsabilidad. Autocuidarse es ética. Cuidar al equipo es política. Cuidar desde la organización es justicia. Este blog nace porque creo profundamente que el cuidado transforma personas, equipos y sociedades. Porque he visto cómo un vínculo ético puede reparar, cómo un grupo puede sostener, cómo una comunidad puede actuar para sanar. Aquí encontrarás reflexiones, herramientas, experiencias y preguntas para quienes cuidan. Para quienes acompañan. Para quienes sostienen la vida de otros y necesitan, también, un lugar donde descansar. 

Bienvenido/a. Que este sea un territorio de calma, de preguntas que abren, de vínculos que dignifican, de palabras que acompañan. Un espacio donde recordar, juntos, que el cuidado transforma.  Porque, al final, lo que transforma no es la técnica, sino el encuentro. 

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soy Román,

psicólogo desde 1978  y terapeuta familiar sistémico desde 1990, con una trayectoria de más de 42 años en la administración pública, coordinando programas de infancia, familia, inclusión social y planificación estratégica. Actualmente colaboro con ONG’s en proyectos de inclusión con colectivos vulnerables. 

Este espacio nace del deseo profundo de compartir experiencias, reflexiones y herramientas sobre el cuidado y el autocuidado —personal, grupal y organizacional— como vía de transformación. 

Me inspiro en autores como Erich Fromm, Víktor Frankl, Boris Cyrulnik, Gabor Maté, Gregory Bateson, M. Bowen, Luigi Cancrini, Esteban Laso, Félix Castillo, Raúl Medina,.., entre otros, y en una mirada integradora que conecta cuerpo, emoción, pensamiento, relación y entorno social. 

Aquí encontrarás artículos, cursos, recursos y propuestas que buscan acompañar a profesionales de la ayuda, equipos humanos y organizaciones en su camino de crecimiento, bienestar y sentido.