Cuidar a quienes cuidan

Sobre la crianza como responsabilidad colectiva y la prevención que empieza en los adultos.

Aprender a ser madres y padres no da dinero ni prestigio. Quizás por eso sigue siendo uno de los aprendizajes menos valorados socialmente, a pesar de que puede ser determinante para que tanto hijos como padres se sientan satisfechos y felices en su vida.

El concepto de «ser padres» está cargado, paradójicamente, de una exigencia cultural agobiante. Se espera eficiencia, disponibilidad y coherencia permanentes. Pero los padres somos seres humanos, con errores y limitaciones, con sentimientos, pensamientos y necesidades propias. Los padres perfectos no existen. Lo mejor que podemos llegar a ser para nuestros hijos es ser unos padres aceptables: presentes, honestos, afectuosos. Como señalaba Winnicott, no el padre ideal, sino el padre suficientemente bueno: el que está con lo que es, sin demasiadas máscaras.

La principal tarea de la crianza es acompañar a los hijos en las distintas etapas de su vida hasta que puedan independizarse. Eso requiere que los padres sepan distinguir sus propias necesidades y heridas de las de sus hijos, y que estén disponibles emocionalmente, no perfectamente, sino auténticamente.

Y los datos urgen. El Informe Anual de la Fundación ANAR, presentado esta semana, ofrece cifras que no admiten una mirada tranquila:

No son datos sobre familias rotas. Son datos sobre un sistema de crianza que no está siendo sostenido. Cuidar a quienes cuidan no es un lujo. Es, ante todo, una forma de cuidar a los niños.

Los padres de hoy están más informados, más comprometidos y más conscientes de la importancia del vínculo afectivo que cualquier generación anterior. Y sin embargo crían más solos, más exigidos, más observados y menos sostenidos. Esta paradoja no es un problema individual. Es un problema social.

Como señala Gabor Maté, la vida contemporánea genera niveles de estrés que erosionan directamente la capacidad de conectar con los hijos. La prisa, la multitarea, la presión laboral y la falta de descanso hacen que muchos adultos lleguen a la crianza con el depósito emocional casi vacío. Un adulto cansado, herido o desbordado no puede ofrecer la calma que un niño necesita para crecer.

A esto se suma lo que Richard Schwartz describe desde el modelo IFS: cada hijo despierta en el adulto partes de su propia historia. Los miedos no resueltos, las heridas antiguas, los mandatos familiares. La crianza no es solo una relación hacia afuera; es también un viaje hacia adentro. Sin espacios donde los adultos puedan reflexionar sobre esa experiencia, esas partes operan desde la sombra y gobiernan la relación con los hijos sin que nadie lo haya elegido.

— Crecer con los hijos

Erich Fromm acuñó la idea de patología de la normalidad: lo que la sociedad considera normal puede ser, en sí mismo, una fuente de enfermedad. Muchos de los problemas actuales de la infancia no nacen de familias disfuncionales, sino de una estructura social que no está pensada para los niños.

  • Ansiedad y depresión a edades cada vez más tempranas, fruto de una sobrecarga crónica de estímulos y expectativas, no de traumatismos graves. 
  • Dificultades de regulación emocional normalizadas, tratadas como rasgos individuales cuando en gran medida son respuestas adaptativas a entornos hiperestimulantes.
  • Sobrediagnóstico y medicalización de comportamientos que forman parte del desarrollo normal, sin explorar los contextos que los generan. 
  • Impacto de las pantallas y las redes sociales en la atención, la identidad y la autoestima. Las redes crean entornos de comparación permanente que erosionan la imagen de la propia valía.
  • La infancia como proyecto de rendimiento: niños sometidos a un calendario de logros que ha eliminado casi por completo el juego libre, el aburrimiento creativo y el tiempo sin propósito. (Bettelheim)
  • Soledad relacional en entornos hiperconectados. La generación más conectada tecnológicamente es también una de las que más soledad experimenta. (Byung-Chul Han)

La mayor parte de estos problemas no son enfermedades del niño. Son respuestas del niño a estructuras sociales que no están pensadas para él.

Las necesidades básicas de los niños no han cambiado. Lo que ha cambiado es el mundo que las rodea. Los niños necesitan menos cosas de las que creemos, pero más profundidad de la que solemos ofrecer.

  • Presencia emocional real, no solo cercanía física. Daniel Stern lo llamó sintonía afectiva: el arte de sentir al niño desde dentro.
  • Seguridad construida desde la previsibilidad afectiva, no desde el control. Un niño seguro sabe que sus emociones serán recibidas y que puede explorar porque tiene un refugio al que volver.
  • Límites sostenidos desde el cuidado, no desde el miedo. Los límites desde el miedo generan obediencia; los límites desde el cuidado generan confianza.
  • Adultos que toleren su malestar sin huir de él. Que ayuden a transformar el caos emocional del niño en algo pensable y sostenible.
  • Al menos un adulto emocionalmente disponible como base de resiliencia. 
  • Tiempo libre, juego sin propósito y derecho al aburrimiento. En un mundo hiperproductivo, esto es casi un acto de resistencia.
  • Libertad para sentir y expresar emociones sin filtros de género, sin guiones que les digan qué pueden o no pueden sentir.

Bettelheim lo expresó con claridad: los niños no necesitan padres perfectos, sino adultos auténticos, capaces de estar presentes incluso en su imperfección – padres aceptables-.

Vivimos en una sociedad que ha convertido la productividad en identidad. Byung-Chul Han lo ha descrito con precisión: el sujeto contemporáneo se autoexplota voluntariamente, convencido de que cada minuto debe producir algo medible, visible, compartible. En ese contexto, el cuidado —que es por naturaleza lento, relacional e impredecible— no encaja.

Los niños lo acusan antes que nadie. Frecuentemente, crecen rodeados de estímulos y escasos de presencia. Hiperconectados y solos. Evaluados constantemente y poco conocidos en lo que realmente sienten. Y los adultos que los cuidan viven la misma contradicción: quieren estar presentes y no encuentran cómo, en un mundo que premia la aceleración y penaliza la pausa.

La crianza exige exactamente lo que el sistema escatima: tiempo, presencia, profundidad y relación real. No hay estrategia parental que resuelva esto individualmente. La respuesta tiene que ser también política: políticas de conciliación real, apoyo comunitario a las familias, educación emocional en las escuelas, reconocimiento social del cuidado como trabajo esencial.

Hablar de orientaciones para los padres exige primero un cambio de marco: no son técnicas que se aplican desde fuera, sino prácticas que nacen de un mayor conocimiento de uno mismo y del hijo. La importancia de que los padres reflexionen sobre su propia vida, distinguiendo sus necesidades y problemas de los de sus hijos, siendo honestos y estando disponibles emocionalmente.

  • Cuidar el propio estado interno. Antes de responder al hijo, el adulto necesita regularse a sí mismo: identificar qué siente, hacer una pausa, recuperar el centro. No como exigencia de perfección, sino como práctica cotidiana.
  • Distinguir la emoción del hijo de la propia. Muchas reacciones desproporcionadas nacen de heridas propias que el niño activa sin querer. Reconocerlo es el primer paso para no transferirlo. (IFS, Schwartz)
  • Revisar los propios mandatos de género: qué se aprendió sobre lo que un hombre o una mujer pueden sentir, y qué de eso se está transmitiendo a los hijos sin haberlo elegido conscientemente.
  • Proteger el tiempo sin propósito y el juego libre. Defender el derecho del niño al aburrimiento creativo frente a la presión del rendimiento.
  • Mediar con las pantallas de forma activa: no solo poner límites de tiempo, sino acompañar el uso y mantener vivos los espacios de relación cara a cara.
  • Buscar comunidad y pedir apoyo sin vergüenza. Participar en grupos de padres no es señal de fracaso, sino de responsabilidad hacia los hijos y hacia uno mismo.

— “Crecer con los hijos”

La formación y el acompañamiento de padres y madres no es un recurso remedial pensado solo para situaciones de crisis. Es una inversión preventiva de primer orden para la salud de los niños, de los adultos y de la sociedad en su conjunto. Los grupos de padres, los programas de acompañamiento familiar, las escuelas de padres con enfoque relacional y vivencial no son espacios de corrección. Son comunidades de cuidado donde los adultos pueden, quizás por primera vez, sentirse cuidados en su función de cuidadores.

La sociedad debe fomentar estos espacios como estrategias preventivas de salud individual y colectiva. Mientras sigamos tratando la crianza como un asunto privado, mientras no reconozcamos socialmente que los que cuidan también necesitan ser cuidados, seguiremos esperando que los padres ofrezcan lo que nadie les ha ayudado a cultivar.
El autocuidado no es un acto individualista. Es un gesto profundamente comunitario. Cuidarse es cuidar el vínculo, cuidar la vida compartida, cuidar a quienes sostienen a otros. Y entre esos cuidadores silenciosos están los padres y madres que cada día intentan acompañar a sus hijos en un mundo que cambia más rápido que su capacidad de adaptarse.

— Crecer con los hijos

Román Pinedo Esteban · Psicólogo y Psicoterapeuta familiar

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soy Román,

psicólogo desde 1978  y terapeuta familiar sistémico desde 1990, con una trayectoria de más de 42 años en la administración pública, coordinando programas de infancia, familia, inclusión social y planificación estratégica. Actualmente colaboro con ONG’s en proyectos de inclusión con colectivos vulnerables. 

Este espacio nace del deseo profundo de compartir experiencias, reflexiones y herramientas sobre el cuidado y el autocuidado —personal, grupal y organizacional— como vía de transformación. 

Me inspiro en autores como Erich Fromm, Víktor Frankl, Boris Cyrulnik, Gabor Maté, Gregory Bateson, M. Bowen, Luigi Cancrini, Esteban Laso, Félix Castillo, Raúl Medina,.., entre otros, y en una mirada integradora que conecta cuerpo, emoción, pensamiento, relación y entorno social. 

Aquí encontrarás artículos, cursos, recursos y propuestas que buscan acompañar a profesionales de la ayuda, equipos humanos y organizaciones en su camino de crecimiento, bienestar y sentido.