Cuidarse en el sistema laboral

El trabajo no tiene solo una dimensión económica. Es uno de los ejes vertebradores de nuestra identidad. Juega un papel determinante en nuestra autoestima, en el desarrollo emocional y en el bienestar psicológico. Cuando el entorno laboral es sano, el trabajo nutre. Cuando está deteriorado, erosiona de una manera que no siempre reconocemos a tiempo, porque sucede lentamente, y porque hemos aprendido a normalizar el desgaste como si fuera inevitable.

Pero esa normalización tiene un coste enorme. Lo que le ocurre a nuestro sistema nervioso en una reunión tensa, la energía que consumimos en equipos disfuncionales, la distancia que crece entre lo que queremos hacer y lo que el sistema nos permite hacer… todo eso se lleva puesto cuando salimos por la puerta. La salud de los entornos laborales nos afecta. Cuidarlos no es un lujo: es una condición para vivir y trabajar bien.

Las organizaciones no existen por encima de quienes las forman. Son, en un sentido profundo, la suma de relaciones, hábitos, mandatos no escritos y formas cotidianas de responder —o no responder— a lo que ocurre. Edgar Morin nos recuerda que el fenómeno organizacional es inconmensurable: irregularmente aleatorio e irregularmente determinado. Como los seis sabios ciegos frente al elefante, cada uno de nosotros toca solo una parte de una realidad que nadie comprende del todo.

Y sin embargo, esa complejidad no nos condena a la impotencia. Significa que tenemos más agencia de la que creemos. La cultura de una organización no es un hecho dado: se reproduce o se transforma en cada conversación, en cada decisión cotidiana, en cada momento en que alguien elige hacer las cosas de otra manera. Las organizaciones que cuidan no nacen de políticas de bienestar pegadas en el tablón. Nacen de personas que han aprendido a cuidar y que lo practican, de forma sostenida, en los espacios donde trabajan.

Para orientarse en esta tarea resulta enormemente útil construir un mapa sistémico del cuidado en el propio contexto laboral. Cartografiar es hacer visible lo que existe pero no se ha nombrado todavía: dónde están los recursos reales, dónde están los agujeros, qué prácticas sostienen y cuáles erosionan, cómo se distribuye la carga del cuidado entre los miembros del equipo.

Este mapa se despliega en cinco niveles que se sostienen mutuamente. La salud en uno repercute en todos los demás. Trabajarlo —individualmente, en equipo o en el marco de una formación— no solo describe la realidad: la transforma. Porque lo que se puede nombrar se puede gestionar.

Tener el mapa no basta. Hay que usarlo para tomar decisiones concretas. Desde el trabajo con equipos y organizaciones, estas son las estrategias que más impacto tienen en cada nivel de cuidado.

Junto al mapa sistémico, existen herramientas que ayudan a desplazar el foco desde la reacción automática hacia la respuesta consciente.

Tendemos a pensar en el autocuidado como un asunto privado. Algo que cada persona resuelve por su cuenta, fuera del trabajo. Pero esa visión individualista del cuidado reproduce exactamente el problema que pretende resolver: deja sola a cada persona con su agotamiento y exime a los sistemas de su responsabilidad.

Cuidarse en el sistema laboral es, también, un acto colectivo. Cuando un equipo aprende a cuidarse, mejora la calidad del trabajo que realiza. Cuando una organización construye condiciones reales para el bienestar de sus profesionales, produce mejores resultados para las personas a las que sirve. Y cuando todo eso se acumula en el tiempo, contribuye a la salud social.

Las necesidades básicas psicológicas —vínculos y tareas significativas, amor y respeto, como señalaban Bleger y Pichón-Rivière— no se satisfacen a pesar del trabajo. Pueden satisfacerse, en buena medida, a través del trabajo. Pero solo si construimos entornos laborales que lo hagan posible. Eso empieza por nombrar lo que necesitamos, por cartografiar honestamente dónde estamos, y por decidir, juntos, qué tipo de sistema queremos ser.

Autor: Román Pinedo · Cartografías del cuidado

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soy Román,

psicólogo desde 1978  y terapeuta familiar sistémico desde 1990, con una trayectoria de más de 42 años en la administración pública, coordinando programas de infancia, familia, inclusión social y planificación estratégica. Actualmente colaboro con ONG’s en proyectos de inclusión con colectivos vulnerables. 

Este espacio nace del deseo profundo de compartir experiencias, reflexiones y herramientas sobre el cuidado y el autocuidado —personal, grupal y organizacional— como vía de transformación. 

Me inspiro en autores como Erich Fromm, Víktor Frankl, Boris Cyrulnik, Gabor Maté, Gregory Bateson, M. Bowen, Luigi Cancrini, Esteban Laso, Félix Castillo, Raúl Medina,.., entre otros, y en una mirada integradora que conecta cuerpo, emoción, pensamiento, relación y entorno social. 

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